“Vivimos una época exigente, donde la censura y la autocensura tienen un peso excepcional”

Apenas entra al Zoom con Clarín Cultura desde la computadora de su casa, en Barcelona, Milena Busquets pide disculpas. Dice estar tremendamente resfriada. La voz se siente quebradiza. “Nunca sufro del calor pero está horrible. Todo está muy loco, el cambio climático parece ser la nueva pesadilla”, larga entrada, con una locuacidad amable.

Conversadora nata, capaz de ir de su último libro, Las palabras justasal debate sobre cualquier tema entre la vida cotidiana, la existencia, el arte y la literatura, aclara que desde que se fue Messi le interesa poco el Barça, equipo del que son hinchas sus dos hijos.

“Hace rato que estamos desastrosos, más que el Real Madrid esta muy bien. Pero acá en casa se dice que han llegado buenos jugadores para el próximo torneo. Así que ojalá recuperemos la gloria”, se entusiasma, mientras se suena la nariz frente a la pantalla.

No se reconoce tan futbolera pero sí le interesan ciertos fenómenos deportivos. Vuelve a Argentina. Maradona. Cuenta que le fastidiaba ver cómo lo linchaban en sociedad poco antes de su fallecimiento. “Se lo criticaba tanto desde un juicio moral, siento que lo han destruido. Me fastidia ese tono puritano, esa intransigencia con sus vicios, que al fin y al cabo eran sus problemas, sus enfermedades”, comenta al pasar, casi en un tono de entrecasa.

"Las palabras justas"de Milena Busquets (Anagrama, $1.950).

“Las palabras justas”, de Milena Busquets (Anagrama, $1.950).

Sobre Maradona había publicado un texto en 2018, que incluyó su antología de no ficción Hombres elegantes y otros articulos. Allí escribió: “Tal vez Maradona sea una ruina humana, pero lo más probable es que todos lo acabemos siendo y en el interín no habremos jugado al fútbol (ni hecho nada) con el talento extraordinario, la energía y la pasión de Maradona. Seguramente tampoco habremos hecho felices a tantas personas como Maradona (es una buena vara de medir la vida, la felicidad que hemos sido capaces de provocar en los demás). Y conozco a personas muy elegantes y muy delgadas (creo que parte del problema que la gente tiene con Maradona es que está un poco regordete, las mujeres se quejan de discriminación, pero la suya no es nada comparada con la que sufren los gordos y las gordas) que por dentro son absolutas ruinas humanas”.

Las palabras justas acaba de aterrizar a las librerías argentinas. Armado en un orden cronológico desde el 6 de enero hasta el 31 de diciembre de 2021, el libro es una suerte de diario personal con reflexiones sobre su mundo íntimo: hijos, amantes, maternidad, cultura, feminismo, psiquiatría, escritura.

nacida en 1972, Milena Busquets se hizo conocido por su notable También esto pasaráun relato centrado en la figura de su madre, la editora y escritora Esther Tusquets, devorada por el mal de parkinson en julio de 2012.

Milena Busquets visitó el país en 2016, por su novela "También esto pasará".  Foto Martín Bonetto

Milena Busquets visitó el país en 2016, por su novela “También esto pasará”. Foto Martín Bonetto

Ahora, con una voz que niega la autocompasión –“Escribe contra ti primero y luego contra todo el mundo”– y que se proyecta en acuarelas de lo cotidiano, Busquets se mueve como pez en el agua para retratar una época, la del presente, en una post pandemia inconformista pero a la vez profundamente vital, donde se mezclan reflexiones lúcidas, aforismos desencantados y un sentido del humor a prueba de bala: ella es la primera en mirarse a un espejo incómodo, pero huyendo de cualquier acto de solemnidad.

Su prosa fluye tan divertida como sensata, tan pícara como sin concesiones ante cada acto de la vida, ya sea hablando de su ropa preferida, de una obra de teatro de Chéjov, de su amor por la Navidad o de su colección de hombres. Porque, como dice hacia el final, para un escritor lo único que importa es el punto de vista.

–En tu escritura, y Las palabras justas es la confirmación, es una recurrencia el pensar la libertad creativa ante la mirada de los otros.

–Me preocupa muchísimo. Esta es una época exigente, donde la censura y la autocensura tienen un peso extraordinario. En realidad no está bien juzgar a nadie, y hoy asistimos a una paradoja porque tenemos mayor libertad para expresarnos y, al mismo tiempo, la libertad se restringe. Estamos más interesados ​​en qué van a pensar ciertos críticos o cómo nos mirarán los vecinos o los colegas. Y si la libertad se restringe, entonces, ¿qué queda para la creación?

–Justamente en el libro hablás de ciertos casos, como el de Michel Houellebecq. Pareciera que a veces la mirada lacerante proviene más del progresismo que de la derecha más conservadora.

–Houellebecq es un polémico por naturaleza, en cierto sentido posa como un reaccionario. Ahora tiene status de estrella y entonces ya no se le pega tanto. Pero a Maradona se le siguió pegando. Es cierto que esa crítica viene más de sectores de izquierda, bien pensantes y guardianes de la moral, y entonces muchos creadores tienen terror a la cultura de la cancelación.

Es un fenómeno extrañísimo. Porque por un lado se entiende que hay que tener cuidados para no ofender a nadie y que hay grupos que siempre son victimizados pero esto ha llegado a un extremo máximo donde cualquiera se puede enfadar porque me pongo un pendiente en la nariz o si tú te lo coloca en una ceja.

Milena Busquets.  La escritora es hija de la legendaria editora española Esther Tusquets.

Milena Busquets. La escritora es hija de la legendaria editora española Esther Tusquets.

–Por el contrario, decís que uno escribe solo ante el peligro, y además es el trabajo más solitario del mundo. Peor que el amor.

–Y hoy está el vicio de que los escritores deben ser buenos y estar preocupadísimos por el prójimo. Así es muy difícil llegar demasiado lejos, y es sólo cuando eso ocurre que aparecen cosas geniales. Si nos regodeamos en el pequeño corral de la corrección no aparece la transgresión, que es el alimento del arte.

Es mejor meter la pata por intentar ir lejos que reprimirse. No se puede vivir asustado, no va bien para la creación, por eso no surgen artistas revolucionarios en este siglo. Esa idea loca de querer gustar a todo el mundo es un disparate, eso nunca pasó y no pasará. No pasa nada, está bien, hay que aceptarlo.

El poder de la palabra

–En otro tramo del libro escribiste: “No hay nada más pornográfico que el exhibicionismo de la bondad y de las buenas intenciones”.

–Es que nos hemos convertido en organizadores de actos públicos donde manifestamos nuestros nobles sentimientos. Cuando, en realidad, todos somos una mezcla de bondades y de miserias en dosis iguales. Eso es no haber leído a Shakespeare, es desconocer lo que somos.

Cuando la bondad está cerca de la mojigatería y el puritanismo, me aburre, es un caldo creativo muy pobre. ¿A quién le importa lo mucho que hacemos por el planeta? Son cuestiones íntimas como acostarse con alguien. Y eso parece importar hoy más que la escritura.

–Da la sensación de que no te guardarás nada, que te permitís llegar a fondo hasta exhibir tus propios fantasmas, tus propias contradicciones. ¿Fue un trabajo costoso?

–No es un diario íntimo, pero elegí el formato de diario para evitar la autocensura que tenemos todos. Porque no me creo distinto a lo que estoy criticando. En algún momento pensé en que me convertí en un personaje del diario, una especie de alter ego que iba por la calle y ya estaba pensando en la frase que iba a plasmar cuando volviera a casa.

La palabra tiene mucho poder, escribir es arduo y difícil, pero no me identifica la imagen del escritor torturado. Busqué ser lo más llana y honesta posible, en la inmediatez casi del registro periodístico. Quería despegarme de la ficción y llegar a algo más rápido, más del tono de la crónica. Me recordó al blog que escribí cuando empecé, esa cosa del día a día que es materia literaria.

Mi tío un día me dijo: “Milena, no hay que sufrir escribiendo, hay que disfrutar”. Creo que hay que encontrar la forma en la que uno se siente más cómodo. Ojalá pueda hacer ficción y ser Agatha Christie, pero no lo soy. Cuando escribo acabo en el mismo punto, que soy yo, no lo puedo evitar. Eso te gustará, te repugnará, te aburrirá. Pero ahí es donde mejor estoy y de donde nace mi escritura más auténtica. Lo tengo clarísimo.

–Volvemos al punto del comienzo, sobre la libertad del decir y la cuestión de la ofensa.

–Reconozco que soy súper sensible. A mí cualquier crítica mala de un libro me afecta, caigo en una depresión profunda. Pero cuando me pongo a escribir hay como una frontera infranqueable entre mí y los demás, si no, no escribiría nada. O escribiría mentiras.

Me ha pasado de gente que se ha ofendido, pero no lo hago ni a propósito, hay tantos problemas en resolver antes de sentarme a escribir, que ni pienso en los efectos. Hay que ser muy cruel para escribir, el otro día volví a leer la carta al padre de Kafka y es una salvajada. Desde la bondad no hay salvación posible, hay que ir con un cuchillo.

–¿Y cómo fue finalmente tu trabajo con Las palabras justas? ¿Fuiste editando, corrigiendo mucho?

–En general, no me releo casi nada así voy avanzando. Luego siempre saco bastante, por eso es que me quedan libros cortitos. Lo que me pareció que era algo súper narcisista, del estilo yo mirándome el ombligo sin reflejo de los otros, lo he sacado de un tirón.

El título no es gratuito, tengo una obsesión con no ser una pesada ni una engreída. Y siempre los escritores nos repetimos, tenemos dos o tres temas. Fueron una gran influencia los diarios de Jules Renard, los tengo todavía en la mesa al lado de la computadora. El peligro de un diario íntimo es contar rollos, el escritor pensando sobre el paso del tiempo y filosofando de pie en la ventana.

Quería algo vivo, que latiera mucho. Algo que diera una sensación real de cómo yo me enfrento a la vida, e incluso estando triste, podría seguir sintiéndola como una aventura. Puede ser algo infantil, pero no conseguir tomar distancia con la vida. Ese fue mi desafío, escribir el día a día de un año, sin filtros, algo bien descarnado.

ordenador personal

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