“No soy espiritista, mi trance es literario”

Nacida en Cayey, Puerto Rico, en 1945, la escritora Marta Aponte Alsina ha pisado Barcelona para participar en el KM Amèrica, el Festival de Literatura latinoamericana organizado por Casa Amèrica Catalunya y Biblioteques de Barcelona. En total, 22 escritores de 11 países dialogando en torno a la escritura contemporánea en América, un evento comisariado por el escritor mexicano Eduardo Ruíz Sosa.

De la mano de la editorial Candaya Marta Aponte nos ofrece “La muerte feliz de William Carlos Williams”, una novela sobre la enigmática Raquel Helena Hobeb, una de las pintoras puertorriqueñas más importantes del siglo XIX y madre del poeta del mismo nombre.

La autora fusiona recuerdos de su propia vida con material biográfico sobre William Carlos Williams para explorar terrenos conocidos: los vínculos de la cultura puertorriqueña en los EE.UU., las voces olvidadas de las mujeres, el reino doméstico, la mirada del exilio interior.

El poeta William Carlos Williams definió a su madre como “una mujer de imaginación irreprimible”.

Él admiraba la manera de su madre de mirar las cosas por dentro. ¿Miras esa flor o miras su interior? Las pequeñas cosas, a veces desprestigiadas. Hay gente que no tiene esa capacidad, gente que pasa por la vida sin haber la marca de la madera de la mesa donde vienen todos los días.

Hay gente que pasa por la vida sin haber visto la marca de la madera de la mesa donde vienen todos los días”

¿Es cierto que era espiritista?

Sí, desde luego, esa es una tradición muy caribeña. Ella se ponía en trance y hablaba con antepasados, su marido la encaminaba cuando se perdía. Yo cuando escribo, diría que también entro en trance porque entro en otro mundo. Pero no soy espiritista, mi trance es literario.

En Raquel Helena Hobeb convergen rasgos comunes en la vida de los emigrantes. Esencialmente, el concepto del desarraigo.

Se me queda clavada siempre la imagen del emigrante que en su maleta lleva un objeto de su tierra. Puede ser una semilla, puede ser una piedra, un objeto mágico… ¡todos llevan algo! Ahora también hay guerras identitarias interminables, nos repetimos en los errores.

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Marta Aponte trabaja ahora con material extraído de la correspondencia de su padre, militar que trabajó para los servicios secretos

Miquel González / Disparos

Era una familia, como todas, con secretos, ¿cuál el más flagrante?

Hay un secreto de la abuela sobre el origen del padre de William Carlos. Muere sin soltarlo y enciende una chispa romántica en la imaginación del niño: ¿de dónde viene mi linaje? ¿De Godwin, en serio, el padre de Mary Shelley? Y después que parece que Raquel murió con cien años, según algunos papeles…

William Carlos creció con una duda sobre su linaje: ¿vengo de Godwin, el padre de Mary Shelley?”

Además de poeta, William Carlos Williams era médico. Usted escribe respecto a su madre: “No confía en su hijo pero respeta al médico que hay en él”. ¿Qué tipo de relación filial hubo?

Muy dificil, muy complejo. Pero él no se amilanaba ante el carácter especial de su madre. Eran figuras antagónicas en sus valores. Raquel era una mujer menuda muy elegante, muy potente. Una pequeña gran señora. Cuidaba su ropa, los detalles, era internamente decimonónica. Deberíamos unirnos para encontrar todas sus pinturas y enseñarlas al mundo.

Madre e hijo tienen una relación compleja. Eran figuras antagónicas en valores pero él no se amilanaba. Raquel era una pequeña gran señora, decimonónica”

De Mayagüez, Puerto Rico, Raquel pasa al París de la Exposición Universal. De ahí a Rutherford, en New Jersey, donde estuvieron durante más de medio siglo. ¿Dónde cree que fue más feliz?

Creo que en su infancia. Como tantos ya pesar de todo. Y en la época de París porque conoce un mundo de artistas que le atrae.

Usted ha fusionado sus propios recuerdos con las de las biografías del poeta y su madre pintora. ¿En qué punto o en qué lugar se unen esos dos mundos?

Yo primero pensé en escribir sobre mi abuela, a la que no conocí. Vivió en una parte de Puerto Rico que había sufrido mucho quebranto económico por culpa de un huracán. La ruptura de la familia cuando el abuelo se va con otra mujer y la deja a ella con un paisaje desolador: al cargo de once hijos. Era habitual entonces. No sé cómo pudo, pero siempre se puede…De ahí esa fusión en la novela. Las abuelas eran el núcleo de algunas comunidades.

Introduzco la figura de mi propia abuela. El abuelo se fue con otra y la dejó con once hijos a cargo. Era habitual entonces, no sé cómo pudo, siempre se puede…”

¿Cómo se encuentra de salud la literatura caribeña?

Siempre ha sido fascinante por su amplitud y alcance. Mantuvieron sostenidos los lazos culturales con el resto, incluso estando los gobiernos totalitarios en marcha en España había comunicación directa. En nosotros la literatura y la música se filtran, responde a la marca particular de diversos imperios, de la huella de la inmigración. Añádele la experiencia de la esclavitud. Y tenemos relevo, gente joven que escribe muy bien.

¿Qué enseñanza podemos extraer de ella, de Raquel?

Su dureza, su dignidad y su elegancia. La construcción de su personalidad. Era muy combativa, no se prestó nunca de buena gana la cultura del lugar que la recibió.

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Marta Aponte en Casa América este fin de semana

miquel gonzalez

¿Cómo es la vida diaria de Marta Aponte?

Totalmente opuesta a lo que le responderán el resto de escritores que tienen bibliotecas grandes, inmensos despachos, excelentes profesionales. Yo vivo en un pueblo, en soledad, hablo con mis perros, saco las ranitas al campo, vivo en el mismo pueblo donde nací. Allí estamos muy apegados “al ombligo”. A mi aire, lejos de círculos oficiales.

¿Qué le quita el sueño estos días?

Empecé una historia sobre mi padre que era militar y trabajó para unos servicios secretos algo siniestros. Y lo duro que es aceptar eso.

Entonces usted es hija de espia

Algo así, cierto. Se persiguió mucho el independentismo en los años cincuenta y antes, hubo muchas personas presas, destruidas, una persecución en tiempo del macartismo en EEUU. Y también me interesó el tema de las mujeres espías en el Caribe.

Soy algo así como hija de espía. Mi padre, militar, trabajó para unos servicios secretos algo siniestros”

Encontro unas cartas familiares

Empecé a leerlas con timidez, cuatro años tarde, sabía que sería muy duro. Y vi un lado de mi padre, el que observa.

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