Marguerite Duras, cineasta

La espléndida exposición que el Palau de la Virreina consagra en la actualidad a Marguerite Duras no es de aquellas que pueden despacharse con una sucinta visita, sino que invita a demorarse en ella, a fin de apreciar como es debido cada uno de sus tesoros. Pródiga en fotografías, textos, entrevistas televisivas, películas y documentales de diversa índole, la exposición revela el carácter rabiosamente poliédrico de la figura evocada, quien parte siempre del poder de la palabra para afirmar su múltiple trayectoria como escritora, activista, polemista y, también , cineasta. Uno de los méritos de la presente muestra reside, precisamente, en el hecho de otorgar la necesaria importancia a su faceta como director de cine, faceta que cabe poner en valor, reivindicar sin miedo a que le tachen a uno de elitista.

Más conocido por su brillante e intensa actividad literaria –nada menos que cincuenta y seis volúmenes en su haber– e, incluso, por su impacto mediático –en Francia es, aún hoy, un icono cultural y hasta casi popular–, Marguerite Duras (Gia Dinh, 1914 – París, 1996) nos legó encontró una obra cinematográfica tan personal como relevante, confeccionada en los márgenes de la industria, con escasos medios, pero amparándose siempre en directores de fotografía de primera línea, que le ayudaron a plasmar esa atmósfera y esa belleza que perseguía.

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Marguerite Duras hacia 1943 entre Robert Antelme (derecha), su marido entre 1939 y 1947, y Dionys Mascolo, quien sería su segundo marido. Imagen de la exposición en La Virreina

© Jean Mascolo

Duras entró en el cine por la puerta grande, como guionista de la legendaria Hiroshima, mon amour (Alain Resnais, 1959) y de la contundente Une aussi longue ausencia (Henri Colpi, 1961), hermosa elegía en torno a la memoria y las secuelas de la guerra. Por esos mismos años empiezan a proliferar las adaptaciones de sus textos a la gran pantalla, caso de películas como Aluvión contra el Pacífico (René Clemente, 1957), moderado cantable (Peter Brook, 1960) El marinero de gibraltar (Tony Richardson, 1967). Descontenta con la mayoría de estas adaptaciones y enfrentadas con su antiguo amigo Alain Resnais, Duras decide acometer ella mismas las labores de adaptación y dirección. Su debut como realizadora se registra con la musica (1966), versión de su obra teatral homónima. Con su segundo filme, Détruire, dit-elle (1969), nacido también de un texto suyo, se adentra aún más en su distintivo experimentalismo minimalista y sienta las bases de lo que será su obra fílmica, definido por una constante dialéctica entre imagen y texto literario, a la búsqueda de una nueva semántica : a veces esa búsqueda persigue y encuentra una armonía, una concordancia, y en otras las disonancias entre ambos elementos suscitan un extraño pero efecto estético. Estamos ante un cine hermético, intelectual sin duda, pero que no renuncia ni a la belleza plástica ni al juego de seducción del espectador.

Apostó por el poder de sugerencia de la palabra sin renegar por ello de los recursos específicos del séptimo arte

Su primer gran logro es, seguramente, Nathalie Granger (1972), fábula protagonizada nada menos que por Lucía Bosé, Jeanne Moreau y Gérard Depardieu (un habitual de su cine, por cierto) y que destila un feminismo nada discursivo, apenas susurrado a través de estampas cotidianas pero dotado de una gran carga de profundidad. Aunque la cima del arte fílmico durasiano es, sin duda, el díptico compuesto por Canción india (1974) años Son nom de Venise dans Calcutta desert (1976). La primera es una hipnótica recreación de la India colonial de los años treinta materializada en interiores y exteriores franceses marcados por un aire decadente, escenarios por los que Delphine Seyrig, Michael Lonsdale y Mathieu Carrière se deslizan con una cadencia casi musical, irrealista, sugiriendo la evanescencia de una época a partir de pequeños gestos y detalles elocuentes.

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Marguerite Duras, en 1955

archivo

La segunda, Son nom de Venise… es un experimento auténtico, un desafío: la banda sonora es idéntica a la de Canción india , pero ahora se superpone a las imágenes de una serie de espacios vacíos, sin acción ni intérpretes. Ante la sucesión de esas nuevas imágenes, las músicas y los textos de Canción india adquieren una insólita dimensión, avivando en el espectador receptivo la nostalgia por la película ausente, apelando a su recuerdo y, a la vez, potenciando la fuerza poética que emana de esos planos vacíos que se suceden ante nuestros ojos. Esta obra, un hito auténtico en la historia del cine, encuentra una prolongación relativa en los cortometrajes Cesarée, Aurélia Steiner (Melbourne)y Aurelia Steiner (Vancouver), todos ellos de 1979 y visibles en la Virreina. En estos trabajos, la omnipresente voz en off relata episodios históricos o se dedica a la invocación amorosa, mientras la cámara se centra en ofrecer paisajes, enclaves y monumentos a priori fuera de contexto pero que, a la larga, cobran un alivio que trasciende lo anecdótico.


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Josep Playá Maset

Marguerite Duras Rodaje de India Canción 1974

Con películas como Baxter, Vera Baxter (1976), El camión (1977) Le Navire Noche (1979), entre otros, Duras proseguirá su cruzada a favor de un cine distinto, en el que resplandezca el poder de sugestión de la palabra sin renegar por ello de los recursos específicos del llamado séptimo arte. Duras, en definitiva, hacía auténtico cine a través de la literatura. Este propósito vivirá su epílogo con los niños, su última película, producida justo mediada la década de los ochenta, cuando ya resultó mucho más complicado hacer un cine de vanguardia que aspirara a una cierta difusión y repercusión social. Los inquietos años setenta empezaban a quedar muy lejos.

Margarita Duras


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Comisario: Valentín Roma.Palau de la Virreina, Centro de la Imagen. Barcelona. Hasta el 2 de octubre

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