De Alejandría a Ucrania: hogueras de libros

El próximo 23 de junio renovaremos los antiguos ritos del solsticio con hogueras que, al caer la noche toman el relevo al sol; aunque el ordenancismo de una sociedad poco amante de lo imprevisible hace que cada vez haya menos hogueras. Tampoco es nuevo, Barcelona siempre fue ordenancista: cuando Cervantes visitó Barcelona un junio de 1610 constató que están prohibidas las hogueras dentro de la ciudad tras el descontrol de una de ellas que a punto estuvo hacer arder la catedral. Las fogatas se hacían extramuros de la ciudad, en ese playón donde se levantaban en desorden casetas de pescadores, contrabandistas y buscavidas que serán el germen de la Barceloneta.

También fue un mes de junio de hace 10 años que nos dejó ray bradbury el autor de la novela Farenhetit 451 , donde los bomberos del futuro en vez de apagar incendios se dedican a montar barbacoas con libros y prenderles fuego con lanzallamas de queroseno siguiendo las órdenes gubernamentales. En su mirada anticipativa acertó en la relación afectiva de los ciudadanos a través de pantallas que los tienen absortos, medio siglo antes de que existiera internet. Se cita más de lo que se lee porque no es un entretenido thriller de fantasía sino una obra de profunda carga existencial. Quizá esa aprensión al fuego le viniera por su antepasada maria bradbury condenada a la hoguera por brujería en los Juicios de Salem celebrados en el siglo XVIII, aunque se escapó por los pelos.

Las bibliotecas de los territorios ocupados han comenzado a eliminar la literatura histórica y de ficción ucraniana

En lo de las fogatas de libros no se anticipó: se llevan quemando libros y bibliotecas desde el inicio de eso que llamamos de manera optimista “civilización”. Hay documentadas quemas de libros en el 213 a. C. por mandato del primer emperador de la dinastía Qin poco amante de las ideas de confucio, o edictos del emperador romano Constantino I en el siglo IV para quemar de manera sistemática los libros que se hiciesen eco de las teorías arrianistas contrarias a la Santísima Trinidad. La biblioteca de Alejandría se convirtió en una pira monumental por la decisión del califa omar porque “si los libros dicen lo mismo que el Corán, no son necesarios. Y si dicen algo distinto al Corán, son más necesarios todavía”, aunque el documentado libro de fernando báez, Nueva historia universal de la destruccion de los libros, publicado por Destino, señala las dudas actuales sobre esta teoría. La misma de los españoles durante la conquista de América aleccionados por el misionero fray diego de Landa a quemar los maravillosos códices mayas.

Ray Bandury

El escritor de ciencia ficción Ray Bandury, autor de ‘Farenhetit 451’

E. Gutiérrez / Archivo

Las hogueras de libros que más han quedado en nuestra retina son la quema de libros en Alemania en la primavera de 1933 porque las podemos ver en Youtube; los nazis, ases de la propaganda, se encargaron de hacer una filmación precisa. Resulta sobrecogedor ver con qué ímpetu y fervor los estudiantes de la época lanzan a la hoguera libros de poetas, pensadores y novelistas… cientos de autores prohibidos por el ministerio de Propaganda de jose goebbels . La primera gran hoguera ardió en la Opernplatz de Berlín y después el furor pirómano se lesionó por toda Alemania. Como si el propio planeta se rebelara hacia ese acto contra natura, esa noche de mayo empezó a llover pero cuando las masas son encendidas por los himnos, las banderas y el supremacismo nacionalista, nada las apaga. Fueron convocados los bomberos para rociar las piras con queroseno como si se estuviera escribiendo la novela Farenheit 451 veinte años antes de que Ray Bradbury soñara en sus pesadillas con ella.

Hace unos días, mi editora en Ucrania, Yulia Orlova, responsable editorial de Vivat, con sede en Jarkov, me contaba que “el servicio de inteligencia del Ministerio de Defensa ha compartido información de que las bibliotecas de los territorios temporalmente ocupados han comenzado a suprimir la literatura histórica y de ficción ucraniana. La razón es que los libros no coinciden con la propaganda del Kremlin y las unidades rusas de la policía militar están haciendo eso. Además de las funciones represivas físicas, también hay una represión ideológica. Los ejemplares de nuestro libro El caso de Vasyl Stus fueron confiscados o quemados”. No bajen la guardia, esto continúa.

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